“Para nosotros, los del teatro, es importante regresar a Shakespeare por un momento. Después, volver a hacer nuestras propias cosas dándonos cuenta de que nada de lo que podamos hacer podrá llegar a ser tan bueno. Este sentido de la perspectiva no es desalentador, es una inspiración”.



Peter Brook




miércoles, 17 de octubre de 2012

Cuando lo real es el presente





Una serie de metáforas para hablar del agua como un recurso natural en peligro de extinción.
(Gentileza: Juan José García)



PASO ARROLLADOR. El director Pichón Baldinú mostró en la ciudad su espectáculo “Hombre vertiente”, de la compañía Ojalá, un potente y vertiginoso relato en el que utiliza una serie de metáforas para hablar del agua como un recurso natural en peligro de extinción. El espectáculo se presentó el viernes y sábado últimos, con dos funciones diarias, en el Estadio Cubierto de Newell’s Old Boys



Por Miguel Passarini (Publicado en El Ciudadano & la gente, en su edición en papel del martes 16 de octubre de 2012)
El cuerpo siempre impregna la escena con su propia poética, y el cuerpo, uno de los mayores paradigmas del nuevo milenio por encima de cualquier prodigio tecnológico, es el verdadero germen de Hombre vertiente, un trabajo en el que la compañía porteña Ojalá, comandada por Pichón Baldinú, uno de los creadores de De la Guarda, recupera en parte la estética y el lenguaje de La Organización Negra, con la que, junto con un gran equipo de artistas, Baldinú daba sus primeros pasos en el contexto de un movimiento de ruptura con la tradición teatral que brilló a partir de fines de los años 80.
Creado en 2008 para la Expo Zaragoza y estrenado en España, Hombre vertiente, espectáculo que viernes y sábado se presentó con dos funciones diarias en el Estadio Cubierto de Newell’s Old Boys antes de su viaje a México, apela al relato para encontrar el equilibrio en el contexto de una propuesta de corte industrial, donde el cuerpo (los cuerpos) conviven y narran en medio de enormes estructuras, coreografías aéreas, telones móviles de imponente resolución plástica y un marcado desafío a las leyes de la gravedad.
En ese mismo ámbito pensado casi para ser visto a la italiana (a un solo frente, con un espacio dinámico y otro estático o de platea), una serie de proyecciones dialogan con las escenas en vivo, en ajustadísimos pasajes que a modo de cuento acompañan al protagonista (y a sus alter egos) en este recorrido abigarrado, con escenas superpuestas, y a modo de odisea retrofuturista, lo que convierte al espectáculo en un potente y vertiginoso relato en el que se utilizan una serie de metáforas para hablar del agua como un recurso natural en peligro de extinción.
Tal como pasaba en la recordada La guerra del fuego, película francesa de aventuras de 1981 dirigida por Jean-Jacques Annaud, aquí la guerra es por el agua, y la fabula cuenta que quien tendrá la responsabilidad de priorizar su cuidado será el hombre.
Es así como el agua se vuelve un signo de potente presencia dentro del relato, hasta agotarse. Y así, cuando ese prodigio tecnológico surgido de un proceso empírico es puesto a prueba frente a los recursos de un cuento que también apela a la voz en off, el agua se apropia de la escena: del suelo, de los laterales y de los propios cuerpos de los performers saldrá agua, y ellos, como manantiales que se deshidratan, verán fluir agua a raudales en medio de escenas de una contundencia que enmudecen.
El agua, el recurso no renovable más valioso del planeta, adquiere de este modo un protagonismo inusual en el contexto de una atmósfera tan cautivante como perturbadora.
En medio de un mar de medusas, el personaje recorrerá ese universo kafkiano donde todas las convenciones serán puestas a prueba, y llegará un punto en el que verá como la tierra se cuartea, se reseca hasta convertirse (y convertirlo) en polvo, en uno de los pasajes donde todos los recursos narrativos confluyen en el mayor efecto del relato, en medio de una serie de atmósferas sonoras y visuales tan bellas como apocalípticas.
Después vendrán momentos más festivos y participativos para el público, siempre con el contundente soporte sonoro de la música entre ritual y electrónica compuesta para la ocasión por Gaby Kerpel, incluido un bello tema cantado por La Yegros.
Así, en esta odisea con personajes que van a mitad de camino entre los aparecidos en las sagas Matrix y X-Men, quedará en claro que el hombre en cuestión (también sus infinitas réplicas), será el responsable de que el agua finalmente se extinga como recurso, pero, al mismo tiempo, será posible interpretar que el cambio también es una decisión y que el tiempo real es el aquí ahora; porque más allá de cualquier relato onírico o alucinatorio, lo real y verdadero siempre es el presente.

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