“Para nosotros, los del teatro, es importante regresar a Shakespeare por un momento. Después, volver a hacer nuestras propias cosas dándonos cuenta de que nada de lo que podamos hacer podrá llegar a ser tan bueno. Este sentido de la perspectiva no es desalentador, es una inspiración”.



Peter Brook




miércoles, 26 de octubre de 2011

Los soñadores sin sueños





CRÍTICA TEATRO

Juan Hessel, merced a su inteligente dramaturgia, construye en “Guerra fría (lejos de todo)” una trama en la que se revelan las instancias que viven tres jóvenes que parecieran naufragar en un vacío existencial


GUERRA FRÍA (LEJOS DE TODO)
Dramaturgia y dirección: Juan Hessel
Actúan: Jesica Biancotto, Melisa Martyniuk,
Francisco Fissolo
Sala: Centro de Estudios Teatrales, San Juan
842, viernes y sábados, a las 22

Por Miguel Passarini (Publicado en El Ciudadano & la gente, en su edición en papel del miércoles 26 de octubre de 2011)
La violencia se conjuga en acciones, en movimientos, en miradas. La violencia es una variable poco común dentro del teatro contemporáneo, más afecto a cierto regreso al costumbrismo y a revisar cuestiones de familia. Sin embargo, la violencia (la furia) ha atravesado a lo largo de los últimos años la producción artístico-dramática del talentoso director y dramaturgo local Juan Hessel, apelando a una especie de “tratado simbólico” en el que la violencia se traduce, en escena, en un estado que pone incómodos a los actores, que los hace “atropellarse”, que los perturba y los cuestiona a la hora de crear ficción.
En Guerra fría (lejos de todo), trabajo que sigue al poderoso Mal de ojo, donde el director ya había alcanzado un nivel de madurez importante para su poética (siempre extremadamente original), se revelan las instancias que viven tres jóvenes que parecieran naufragar en un vacío existencial en el que el sentido de la vida se ha perdido.
Los une un pasado común, el de la primera juventud (al parecer, mejor que el presente), el del colegio y la pasión compartida por el profesor Alses, un referente, una especie de ídolo cuya imagen iluminada se irá descascarando y apagando a lo largo de la obra, al tiempo que cada uno irá dejando a la vista el vínculo “particular” que estableció con el profesor.
La acción transcurre en la casa de Alses en su ausencia. Es mayo, y allí llega Walter (o Rimbo) luego de dos meses de viaje, y se reencuentra con Ana, que vive (temporal o accidentalmente) con el profesor (también está al cuidado de Boris, su perro), y Ethel, quien intenta infructuosamente forjar su pasión por la escultura. Ya no son los mismos, algo del vínculo entre los tres está ajado, opaco, incierto, quizás destruido. Algo que los unía aparenta haberse roto, y entre reclamos y contradicciones, como “perros rabiosos”, apelarán a la violencia de las palabras y de las acciones, a través de un constante pase de facturas.
Nuevamente, merced a su inteligente dramaturgia, Hessel, de regreso a los triángulos como pasaba en Almas fatales, construye un entramado de vínculos a través de los cuales pone en primer plano el vacío generacional, el valor del arte (o de la “energía creativa”, algo sobre lo que ya había trabajado en Naturaleza muerta, también una historia triangulada) y el abismo al que se acercan los personajes (el de la ficción que narran y el del escenario), tristes, melancólicos y enojados frente a una etapa de sus vidas que, claramente, ha terminado.
De todos modos, se sienten responsables de “construir otra realidad” más allá de que no tengan las herramientas (o el deseo real) para hacerlo, y añoran un pasado mejor: el de los libros, el del conocimiento, el del aprendizaje, el de las creencias, en una casa donde ya no hay libros (fueron vendidos, incluso el ejemplar de Crítica de la razón pura, de Kant, una biblia para Alses y sus muchachos y un guiño para el público), y sus húmedos muros sólo contienen agujeros a través de los cuales se puede fisgonear.
Así, plagada de posibles lecturas, la dramaturgia sinuosa y corrosiva de Hessel encuentra en los tres talentosos actores la materia a través de la cual manifestarse. Con inusitada ironía, y apelando una vez más a su conocido registro de actuación en el que el estado de virulencia es el gran protagonista, la propuesta salta de la violencia verbal (por momentos física) a un humor cáustico, algo absurdo, para llevar a los protagonistas a una confesión íntima y dolorosa, que dejará a la vista que aquello que se idealiza, con el tiempo, puede volverse real y terrible, la gran metáfora del espectáculo.
Desde los rubros técnicos, nuevamente, el director pone el acento en las actuaciones y en la luz (diseño de Juan Carlos Rizza) por encima de todo, apelando a cada paso a los cuestionamientos ideológicos que estos tres soñadores sin sueños están dispuestos a sacar a la luz, independientemente de los “destrozos” que provoquen en su recorrido.

sábado, 22 de octubre de 2011

Historias "atadas" con hilos





TEATRO CON OBJETOS. Esta noche, a las 22, en La Manzana, de San Juan al 1900

Maximiliano Arana habla de “Marionetas de salón”, el espectáculo que lleva adelante junto con su hermano gemelo Juan Manuel, en el que involucran sentimental y emocionalmente al espectador

Por Miguel Passarini (Publicado en El Ciudadano & la gente, en su edición en papel del sábado 22 de octubre de 2011)

Marionetas y actores crean en escena una conjunción entre movimiento y dramaticidad en la que los roles se vuelve difusos: el actor manipulador se “deja llevar” por el objeto, al tiempo que la marioneta adquiere un carácter humanizado, y entonces “cobra vida”. Con esta premisa, y después de mucho tiempo de investigación y elaboración, los hermanos gemelos Juan Manuel y Maximiliano Arana crearon la Compañía Argentina de Marionetas, con la que por estos días ofrecen el espectáculo Marionetas de salón, que se presentará esta noche y el próximo sábado, a las 22, en La Manzana (San Juan 1950).

"En Marionetas de salón se cuentan historias que se ponen en movimiento a través de hilos. Es un espectáculo que invita a participar de un ritual mágico que trasciende el escenario e involucra sentimental y emocionalmente al espectador, revelando así cómo se van hilvanando y deshilvanando amores y desamores, encuentros y desencuentros”, adelanta el parte de prensa.

"En un comienzo, hace muchos años, trabajamos con el titiritero local Carlos Schwaderer (oriundo de El Chaco, hoy radicado en España). Con él integramos los grupos Sauco y Núcleo Rosario y ahí recibimos un gran flujo de información acerca de las diferentes técnicas de títeres, tanto de manipulación como de construcción de objetos y muñecos. Fue un momento muy importante para nosotros, más allá de que teníamos apenas 16 años. Recuerdo que hicimos una gira de ocho meses por todo el país, y tuvimos que pedir autorización a nuestra madre. Ese tiempo fue de un aprendizaje enorme, porque nos cruzamos con grupos de todo el país: hacíamos un espectáculo de títeres de guante, una versión de Los tres pelos de oro del diablo, de los hermanos Grimm. Después nos metimos a fondo con las técnicas del actor, hasta que en 2003 decidimos crear nuestra propia compañía. Creo que la idea surgió a partir del concepto de poder fusionar todo lo aprendido en relación con las artes escénicas”, relató sobre los comienzos del grupo el actor y titiritero Maximiliano Arana, quien junto con su hermano pasó hace algunos años por el grupo El Rayo Misterioso, donde ambos se formaron como actores.

El creador, que destacó la “inquietud constante de ambos por las cuestiones expresivas”, y además adelantó el estreno de una obra teatral con la misma compañía para 2012, habló de lo perturbador que pueden volverse los objetos cuando se crea una real conjunción entre manipulador y títere, y sobre todo aquí por tratarse de dos hermanos gemelos idénticos: “Venimos trabajando juntos desde el vientre de mi vieja (risas), por eso los espectáculos los componemos juntos en su totalidad, tanto en lo que refiere a dramaturgia o composición de las historias como en relación con la creación de las marionetas, puesta en escena y dirección. Sin embargo, a la hora de ejecutar la obra, lo hacemos por separado, por lo general una función cada uno. Es siempre la misma obra y nosotros somos idénticos físicamente, pero si la gente tiene capacidad de observación, puede notar que al ser yo zurdo y mi hermano derecho, armamos la puesta al revés uno del otro; es el mismo espectáculo pero como hecho en espejo”, relató Arana sumando un interés más al atractivo trabajo del grupo.

Con relación al interés temático de la compañía, el titiritero detalló: “Por lo general, varía según el espectáculo y los momentos que estamos transitando como grupo de trabajo. Por ejemplo: Marionetas de salón es un espectáculo intenso a la hora de contar las historias. Son cuatro relatos fuertes en los que el marionetista interviene en un in crescendo, llegando, sobre el final, a asumir un gran compromiso con lo que pasa en escena hasta llegar a quedar desenmascaro y expuesto, poniendo en primer plano el peligro que corren las historias cuando son «manipuladas». En ese sentido, este no es un espectáculo abordado desde el humor, sino todo lo contrario”.

Finalmente Arana, quien junto con su hermano estrenó también en 2007 El show de la música, adelantó: “Con las marionetas estamos trabajando en un nuevo espectáculo en el que intentaremos irnos a otros lugares en relación con la temática, con lo expresivo; quizás hacia el humor, que suele ser lo más complicado de elaborar con los objetos”.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Filoso revisionismo del pasado reciente



CRÍTICA TEATRO

El dramaturgo y director platense Daniel Dalmaroni consiguió una atractiva versión de su obra “El secuestro de Isabelita” con un elenco de actores rosarinos


EL SECUESTRO DE ISABELITA

Autor y director: Daniel Dalmaroni

Asistencia: Federico Fernández Moreno

Coordinación general: Walter Operto

Actúan: Angie Ambrogi, Roberto Malaguarnera,
Juan Onetto, Anabella Agostini, Romina Zencich, Alesandra Roczniak, Lisandro Quinteros, Juan José González Sala: La Nave, San Lorenzo 1383, sábados a las 21

Por Miguel Passarini (Publicado en El Ciudadano & la gente, en su edición en papel del miércoles 19 de octubre de 2011)
Los cuerpos narran, lo atroz de la historia reciente de todos los argentinos está en los cuerpos. Los cuerpos jóvenes se apropian de la historia, apelan a la memoria, a lo retentivo, a lo visto, oído, narrado. Un aguantadero, quizás un sótano; ellos están allí, son un grupo de Montoneros escindidos por “fierreros”, acaso la primera ironía de una obra teatral que discurre con notable fluidez sobre lo que es ironizar sobre un tema (una parte de la historia) que parecía “intocable”, un detalle no menor que provoca la complicidad inmediata con el público.
El prolífico dramaturgo, director y docente platense Daniel Dalmaroni, conocido en todo el país (también en el exterior) por la muy representada Una tragedia argentina, abreva en El secuestro de Isabelita, obra que escribió y dirigió en Buenos Aires y que desde hace poco más de un mes también montó con un elenco local (por el momento, se reserva el montaje de este texto al que considera “de cuidado”), en los entretelones de la antesala del golpe militar del 1976.
Apelando a un humor filoso, concreto, y al mismo tiempo sumamente inteligente, algo que además caracteriza toda su obra (Burkina faso, Maté a un tipo, entre muchas otras, donde priman la crueldad y el humor negro en cuotas iguales), Dalmaroni, aquí con la colaboración del director local Walter Operto y de todo su equipo de La Nave, construye un entramado que va desde el disparate al sentido común, tomando como ejes del relato hechos o circunstancias reales en un contexto dramático imaginado.
No es Isabel Perón la secuestrada del título, se trata de Isabel Pavón, una asistente (personal de maestranza) de la polémica mujer del general, por entonces presidenta de la Nación. Es el verano del 76, y es a esta mujer, en una triste confusión que tendrá su costo, a la que un grupo de ex Montoneros se lleva de la Quinta de Olivos mientras ésta ordena una habitación y asegura no ser Isabelita. De todos modos, ellos están convencidos de que es la presidenta y de que a partir del suceso esa célula tomará el protagonismo buscado, en el contexto de un momento histórico en el que la Triple A hacía estragos, y la ferocidad de la dictadura por venir mostraba sus primeros zarpazos.
Si bien la puesta busca reflexionar desde el humor (vaya desafío) sobre las contradicciones de la militancia en los años 70, se complejiza (para bien) en un devenir en el que intervienen cuestiones ligadas con aquel momento del peronismo (el de derecha enfrentado al de izquierda), apelando a un ejercicio de memoria en el que se pone en jaque lo ocurrido con el tamiz que implica el paso del tiempo.
Así, el director juega a poner en esos relatos (parlamentos) momentos de la historia que vendrían después como la no sucesión de Perón y la aparición de supuestos hijos, el destino desconocido de sus manos (su tumba fue profanada en 1987), y hasta una hipótesis diferente acerca de su muerte.
En el comienzo, la irrupción de un material audiovisual posiciona al espectador en tiempo y espacio. Claramente son los años 70, tiempo de lucha sindical, de enfrentamientos ideológicos feroces, de chicos y jóvenes que querían un país mejor. Isabel Martínez de Perón, quien había asumido el gobierno el 1º de julio de 1974 como vicepresidenta, tras la muerte de su esposo, el general Perón, se debate entre la insensatez y las decisiones de su entorno, donde “brillan” las “inmanentes” ideas del Brujo, José López Rega, secretario privado de ambos, y mentor de la llamada Alianza Anticomunista Argentina, más conocida como Triple A.
Lo que vendrá, la aparición de los personajes, dejará en evidencia las grietas de un movimiento que entre buenas intenciones y decisiones desacertadas (y hasta ingenuas) puso en juego valores e ideologías, pero sobre todo vidas humanas.
Desde la actuación, muy conocedor de su obra y de lo que quiere contar, Dalmaroni, con la colaboración de Operto y la asistencia de dirección Federico Fernández Moreno, armó un elenco de actores infrecuente surgido de un casting, donde primaron los requerimientos de los personajes por encima de las “reuniones amistosas” a las que suele arribar el intento de montar una obra en la ciudad. Esa búsqueda de calidades diferenciales en los actores se nota en el trabajo final: más allá de mejores y peores performances, el equipo de actores alcanza una media más que aceptable a la hora de trabajar cuestiones corporales y expresivas, que posicionan a la versión a la par de su gemela porteña, merced al equipo artístico local (en su totalidad), que logra dotar al trabajo de un verosímil en el que se filtran desde el humor instancias de un absurdo cotidiano.
Aunque quizás lo más interesante de esta pieza teatral, que se destaca por su contundencia e ingenio dentro de la vasta obra de Dalmaroni, es que pone en jaque la existencia de lo que el propio autor llama el “discurso unívoco y progresista respecto de los años 70”. Es así que vale el intento a la hora de desentrañar y desmantelar una trama en la que la improvisación, la confusión y la desprolijidad se volvieron factores de riesgo en el contexto de un movimiento que, más allá de muchas buenas intenciones, requiere (pide a gritos) de parte de la historia una profunda autocrítica, algo que en el terreno del teatro era, al menos hasta ahora, materia pendiente, con una apuesta por un revisionismo filoso, en el que el autor y director, en un final en el que la risa queda de lado, deja en claro en qué vereda está parado.

lunes, 17 de octubre de 2011

La noche de los paranoicos

CRÍTICA TEATRO

Con la premiada “El miedo (dos vueltas de llave)”, el dramaturgo y director rosarino Esteban Goicoechea elabora una ingeniosa tesis, con grandes actuaciones, acerca de la “construcción” de la inseguridad






EL MIEDO (DOS VUELTAS DE LLAVE)

Dramaturgia y dirección: Esteban Goicoechea

Asistencia: Yanina Mennelli

Actúan: Paula García Jurado, Ariel Hamoui,

Gustavo Sacconi

Sala: CET, San Juan 842, domingos a las 21


Por Miguel Passarini (Publicado en El Ciudadano & la gente, en su edición en papel del lunes 17 de octubre de 2011)
El silencio y la oscuridad dan miedo, pero también lo incierto, algo de eso en lo que se cree o se construye como creencia; eso que se dice y se acepta como verdadero y no se vuelve a revisar, instalando algo intangible pero que crea paranoia en quienes lo padecen y en la sociedad toda.
De todos modos, hablar del miedo en la Argentina no es como hablar del miedo en cualquier lugar: la temática atraviesa de modo siniestro la historia reciente, y el miedo se conjuga junto con la memoria, porque miedo y memoria parecieran ser inseparables si se intenta entablar algún tipo de diálogo con el pasado reciente.
El miedo paraliza y agobia, se sustenta en la tensión y provoca una especie de silencio desmoralizante frente a algo que, en ciernes, es desconocido pero inevitable en quienes lo padecen.
Pareciera que conjugando esta serie de variables, aunque traídas a un presente reconocible (doméstico), el prolífico creador local Esteban Goicoechea, también integrante de Pata de Musa Teatro, elaboró la compleja dramaturgia de El miedo (dos vueltas de llave), espectáculo que lleva adelante con un elenco concertado, ganador del primer premio del concurso de obras teatrales de Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti de Buenos Aires (donde se presentó con una serie de funciones) y de Coproducciones Municipales 2010.
A modo de tesis, la obra, que ofrece por estos días sus últimas funciones en la ciudad (al menos en la presente temporada), desarrolla una trama en la que prevalece la idea de miedo como forma de control, donde los personajes habitan el encierro en un lugar remoto en un pequeño pueblo. Pareciera tratarse de un taller, la parte en desuso de una casa, un depósito donde dos de ellos, una pareja, muestra cómo el miedo se instala a modo de orden dramático, donde una vez más Goicoechea, aquí con la asistencia de dirección de Yanina Mennelli (todos, junto con los actores, integrantes del colectivo Teatro en Rosario), desnuda los entretelones de un teatro que no reniega de la ficción sino que, por el contrario, la pone en evidencia, dejando filtrar esas instancias en las que los actores (los personajes) crean una nueva ficción en escena, apelando a una de las tantas formas del metateatro (un teatro dentro de otro).
Lo que condiciona el miedo es así el sustento dramático de este trabajo basado esencialmente en un registro de actuación que toma elementos del cine de terror y recursos del expresionismo y del absurdo, donde una vez más, en el contexto de un elenco notable, se destaca la talentosa Paula García Jurado, quien recrea a la vacilante Ana. Se trata de una actriz que tiene la virtud poco frecuente de poder “limpiar” su actuación de cualquier vestigio presente de otros personajes, apelando en El miedo a lo siniestro y a cierta inestabilidad provocada por lo desconocido, algo que también transitan los dos hombres: Gustavo Sacconi (Héctor, pareja de Ana) y Ariel Hamoui (Julio, el intruso).
No hay aquí, sin embargo, una especificidad del miedo. En todo caso, el miedo atraviesa y trasciende los momentos que viven estos dos personajes a la espera de la llegada de un tercero que merodea la casa, un carnicero del barrio (del pueblo), insomne y nervioso, con el que mantienen un vínculo riesgoso que discurre entre la paranoia y la resignación, intercambiando roles.
De todos modos, merced a un texto en el que las palabras no están puestas porque sí, lo que pone en evidencia el material (en cierto modo, lo ridiculiza), es lo que el colectivo social dio en llamar en el último tiempo “la problemática de la inseguridad”, un fenómeno mediatizado y magnificado como emergente de una sociedad que, incluso, en otros tiempos supo de represiones y hasta de teorías “de los dos demonios” como horrorosa “justificación” del terrorismo de Estado durante la última dictadura.
Así, los actos privados de estos personajes agobiados por el miedo (también por la chatura y la monotonía del entorno en el que habitan) están vinculados con una muerte cercana, y si no aparece se la recrea como en el teatro, con sangre artificial, aunque con ribetes de ceremonia, como la resultante de un juego ilógico en el que la inseguridad debe ser algo “seguro” y “palpable”.
En este discurrir, y como apuesta teatral, Goicoechea, uno de los dramaturgos y directores más notables de su generación, acomete con un texto en el que se murmura el miedo: trabaja con las miradas, con la gestualidad, con lo corporal, con los saltos en el tiempo, nuevamente apelando a un recurso propio del cine, algo que ya había probado en Mirta muerta (con el grupo Pata de Musa).
Es así como desde los rubros técnicos, la puesta se sustenta en un cuidado trabajo con la luz: de lo tenue al apagón total, el trabajo transita por los recodos del cine (plano secuencia, plano detalle), apelando a un atractivo juego de planos en el que parecieran convivir uno real y otro deseado y/o imaginado.
De todos modos, el director profundiza sobre ciertos elementos ligados a la noche, a lo siniestro, logrando en los actores un realismo inusual, a partir de la presencia de un texto sinuoso, marcado por detalles inesperados que someten a los actores al difícil ejercicio de sostener el verosímil en situaciones definitivamente inverosímiles.
Es precisamente allí donde, también, se pone en juego el deseo (aunque el tema no sea tratado en profundidad) como aquello que se reprime y se disocia del cuerpo, más allá de lo que los personajes llaman “la memoria de la carne”. No casualmente, la obra retrata a un carnicero en un país carnicero; una mujer tentada por la carne frente a un hombre (real o imaginario) que le ofrece lo que otro no le ofrece, ante el terror latente de que aquello imaginado pueda pasar finalmente.

sábado, 15 de octubre de 2011

El gran regreso del público

El público, gran protagonista: más de 50 mil espectadores.
Taller de Crítica Teatral, dictado por integrantes de Critea en el Sindicato de Prensa de Córdoba.

"Amar", de Alejandro Catalán (Buenos Aires).

BALANCE DEL 8° FESTIVAL INTERNACIONAL DE TEATRO DEL MERCOSUR

Durante 10 días, más de 50 mil espectadores hicieron propio un evento que, gracias a su programación y organización bianual, se ha convertido en un clásico dentro del circuito de festivales latinoamericanos

Por Miguel Passarini (Publicado en El Ciudadano & la gente, en su edición en papel del martes 11 de octubre de 2011)
Cualquier opinión que pueda vertirse a modo de balance acerca del 8° Festival Internacional de Teatro del Mercosur, que terminó el pasado fin de semana en la ciudad de Córdoba después de diez días de intensa programación (se realizó del 28 de septiembre al 7 de octubre), estará apuntado a sostener un evento cuya consolidación ya es un hecho concreto, habiendo capitalizado la experiencia de años de trabajo y del tiempo recorrido con el histórico Festival Latinoamericano de Teatro, que comenzó en 1984 tras la vuelta de la democracia, y que se convirtió en una bandera de las nuevas expresiones escénicas que por entonces llegaban al país.
En la presente edición, muchos fueron al teatro, pero sobre todo los jóvenes. De un modo u otro, los cordobeses volvieron a ser parte del evento, un mérito del director del festival (también del Teatro Real), Raúl Sansica, y de su equipo, un hombre que viene del teatro y entiende y acepta la diversidad de miradas, escucha las críticas respetuosas y apela al cambio permanente.
De todos modos, el del Mercosur es un festival que habla por los números: más de 50 mil espectadores recorrieron salas y espacios no convencionales en poco más de una semana, llenando funciones hasta en los días y horarios más complicados, tanto en ámbitos oficiales (Teatro Real, General San Martín, Ciudad de las Artes, entre otros) como alternativos, del mismo modo que plazas, barrios, cárceles y distintos espacios de localidades del interior provincial, entre otras, Alta Gracia, Cañada de Luque, Capilla del Monte, Carlos Paz, Deán Funes, General Levalle, Huinca Renancó, Jovita, Laboulaye, Morteros, Oliva, Oncativo, San Carlos Mina, San Francisco, San Marcos Sierras, Serrano y Tanti.
Desde la organización, se aclaró que la cifra final incluye el lanzamiento del evento (con funciones a modo de prólogo del grupo español La Zaranda, 22, 23 y 24 de septiembre) y las funciones de la versión cordobesa de El niño argentino (de Mauricio Kartun, bajo la dirección de Omar Viale) y Viva la vida del fin de semana, esta última a cargo del grupo Assemblea Teatro de Italia, que fueron programadas como epílogo del evento.
Organizado por la Secretaría de Cultura de la provincia a través de la Subdirección de Artes Escénicas, esta gran fiesta del teatro reunió propuestas internacionales de Uruguay, Brasil, Chile, Bolivia, Suiza, Italia y España.
A la muestra internacional se sumaron espectáculos argentinos que llegaron a Córdoba desde Buenos Aires, Mendoza, Santa Fe, Rosario, Paraná y Chubut, sumando a estos, elencos oficiales, independientes y coproducciones especiales de la ciudad de Córdoba.
De este modo, la presente edición del Festival Internacional de Teatro del Mercosur agrupó más de 140 actividades que incluyeron, además de las funciones en salas, talleres y charlas, propuestas de extensión, funciones en barrios especialmente programadas, presentaciones de libros y un Taller de Crítica Teatral que llevaron adelante a lo largo de cuatro jornadas integrantes del Circulo de Críticos de las Artes Escénicas de la Argentina (Critea) de diferentes provincias, en la sede del Sindicato de Prensa de Córdoba (Cispren).

Los grandes protagonistas

En el marco de una programación profusa y diversa, que sumó en total una veintena de propuestas cordobesas frente a la docena de trabajos internacionales, buscando poner en valor el teatro de producción local, se destacaron, dentro del apartado internacional, puestas tales como Track (Suiza), del Teatro delle Radici; Odisea, versión del clásico de Teatro de los Andes de Bolivia; la chilena Diciembre, del grupo Teatro en el Blanco, bajo la dirección de Guillermo Calderón, y la española André y Dorine, del grupo Kulunka Teatro.
Por su parte, el unipersonal uruguayo Kassandra, con dramaturgia del francouruguayo Sergio Blanco y dirección de Gabriel Calderón, al frente del grupo Complot, se reveló como lo más destacado de la muestra internacional.
Dentro del apartado nacional, obras consagradas por el público y la crítica tales como las porteñas Nada del amor me produce envidia, de Santiago Loza con dirección de Diego Lerman; La familia argentina, de Alberto Ure con dirección de Cristina Banegas; Un hueco, de Juan Pablo Gómez, o la santafesina Edipo y yo, con dirección de Edgardo Dib, del mismo modo que la cordobesa Simulacro y fin, de Maximiliano Gallo, marcaron el rumbo de un teatro que se funde entre la experimentación y la fuerte presencia del actor, quedando entre los trabajos más singulares Amar, del creador porteño Alejandro Catalán.
Del mismo modo, Derechos torcidos, la obra del recordado Hugo Midón interpretada por chicos de una escuela de Villa El Libertador acompañados por el actor Giovanni Quiroga, puso la nota fundante de un teatro de fuerte impronta social y de los alcances de un proyecto verdaderamente inclusivo.
Párrafo aparte merece Tesoro público, de la Comedia Cordobesa, que abrió el evento, en el que el director Paco Giménez demuestra que su irreverencia, provocación e incorrección política están intactas. El creador de La Cochera y director de Los Delincuentes Comunes, lejos de atenuar su imaginario de lo que debe ser el teatro, y tomando apenas como disparadores textos de Brecht, Lorca o Camus, armó conjuntamente con los 17 integrantes del elenco estable que acredita cinco décadas de trayectoria, un espectáculo en cuyo entramado de situaciones brillan la denuncia y la necesidad de reconocimiento.
De la jornada del viernes, día del cierre oficial, también es de destacar el ciclo breve de tres monólogos surgidos de los Premios Federales de las Artes Escénicas, que agrupó una adaptación del Martín Fierro, de José Hernández, con la actuación de Carlos Durañona (Buenos Aires); Huachos de amor, con la actuación del chileno radicado en la Argentina Antonio López (Chubut),
y El cetro, con dramaturgia y actuación de Renzo Fabiani (Córdoba).

El cruce imprescindible

Si bien llegaron a Córdoba dos trabajos gestados en la provincia de Santa Fe: Edipo y yo, de la capital provincial, una propuesta surgida a partir de la Comedia de la Universidad Nacional del Litoral (UNL) bajo la dirección de Edgardo Dib, y Cuatro cuartos, emblemático espectáculo del grupo rosarino de danza-teatro Seisenpunto que dirige Cristina Prates, la nueva autopista que une Córdoba y Rosario debería convertirse, más allá de perimidas rivalidades históricas por el título de “segunda ciudad del país”, en un puente cultural que tome al Festival del Mercosur (ya que Rosario no tiene por el momento uno propio que refleje su valiosa y siempre elogiada producción teatral) como plataforma de intercambio y proyección latinoamericana.
La enorme producción teatral rosarina, que en muchos casos está a la altura de un festival internacional, no tiene una vidriera como el Festival de Teatro del Mercosur donde poder mostrarse y así poder llegar a otro público, a partir de una programación que, como ocurre en Córdoba, cuenta con una estructura de difusión que pone en valor el trabajo y el talento de sus creadores.

De lo naif a lo impiadoso, como un niño




OPINIÓN
El músico y actor catalán Albert Pla, tras su paso por el Festival Internacional de Teatro del Mercosur de Córdoba, mostró en Pugliese las canciones de su reciente disco, "La diferencia", en el marco de su espectáculo "Tenemos un problema"

Por Miguel Passarini (Publicado en El Ciudadano & la gente, en su edición en papel del domingo 9 de octubre de 2011)
Pesadillas y situaciones verdaderas que por extremas se vuelvan casi inverosímiles; un carro cargado de pequeños recuerdos, momentos chiquitos que dan paso a momentos enormes. Así, dueño absoluto de la escena y de su público, y tal como lo hizo en el marco del 8° Festival Internacional de Teatro del Mercosur de Córdoba la semana pasada, el músico y performer catalán Albert Pla dibujará y desdibujará la realidad, cuando esta noche, a las 21, junto al guitarrista Diego Cortés, se presente en Pugliese (Corrientes 1530).
El de Pla es un show marcado por la singularidad, por la simpleza y por el absurdo, por lo arbitrario y lo desbaratado, por la conmoción y el humor negro.
Solo, camino al escenario, Pla deconstruye cualquier plan preestablecido con un puñado de canciones que dan forma (y deforman) a un show musical transformándolo todo en otra cosa.
Canta canciones como “Corazón”, para los que lo tienen y para los que en su lugar tienen un hueco, y vaya el palo para la Iglesia, para los necios, para los pobres de espíritu, para los que insisten con un proyecto individual por fuera de lo colectivo, porque, según dice, “hay que organizarse”.
Pla juega en escena, va de lo naif a lo violento, desgarra su guitarra eléctrica mientras Diego Cortés acude al virtuosismo de su guitarra flamenca, para abordar un mix entre rockero y cante de tablao.
Tras cartón, las vicisitudes de un gallo disfónico descriptas en “El Gallo Eduardo Montenegro”, servirán de antesala para decir: “Yo quiero que tu sufras lo que yo sufro, y aprenderé a rezar para lograrlo”, en uno de los mejores momentos del show, cuando “Sufre como yo”, inmortalizada en el film Carne trémula, de Pedro Almodóvar, se convierta en una bisagra para dar paso a los abigarrados solos de un Cortés sencillamente impresionante y sorprendentemente generoso con el público.
Más tarde, la movilizadora “La colilla” hará de las suyas al mostrar al Pla más político, al que toma postura (y emprende una suerte de venganza) frente a los embates de lo que supuestamente queda del llamado primer mundo frente al tercero, tomando como paradigma a los Estados Unidos, país al que imagina ardiendo en llamas como la antigua Roma (a través de un
hecho tan improbable como divertido), del mismo modo que, con su voz susurrante de niño malo, arremete con la tristeza simple de “Añoro”, donde “duelen los recuerdos” como en un feroz poema lorquiano.
Único a la hora de expresar su desconcierto frente al poder en todas sus formas, del mismo modo que sus deseos prohibidos frente a la belleza casi insolente de una joven en la calle que lleva “falda corta”, o contando y cantando la triste realidad del pobre “Joaquín el necio”, cuando Rosa lo deja por un negro “sin perdón” que será irremediablemente castrado, lo de Pla no es cosa simple; se trata de un artista de aristas personalísimas, que despliega en escena una libertad que logra contagiar a la platea que, como pasa con lo verdaderamente bueno, siempre se queda con ganas de más.

La actuación en primer plano





8° FESTIVAL INTERNACIONAL DE TEATRO DEL MERCOSUR

Propuestas nacionales e internacionales de gran valor artístico completaron en las últimas jornadas la destacada grilla del evento que finaliza hoy después de diez días de intensa y atractiva programación


Por Miguel Passarini (Publicado en El Ciudadano & la gente, en su edición en papel del viernes 7 de octubre de 2011)
El 8º Festival Internacional de Teatro del Mercosur finaliza hoy en la ciudad de Córdoba, después de 10 días, con la clara convicción de mantener intacta su identidad, independientemente de algunas arbitrariedades dentro de una programación compleja
de armar por su diversidad, integrada por más de cuarenta propuestas tanto del país como del exterior, en las que se incluyen trabajos de sala y proyectos especiales.
Dentro del apartado nacional, obras consagradas por el público y la crítica tales como las porteñas Nada del amor me produce envidia, de Santiago Loza con dirección de Diego Lerman; La familia argentina, de Alberto Ure con dirección de Cristina Banegas; Un hueco, de Juan Pablo Gómez, o
la santafesina Edipo y yo, versión del clásico de Sófocles de Edgardo Dib, del mismo modo que la cordobesa Simulacro y fin, de Maximiliano Gallo, se destacaron en los últimos días. Aunque una de las grandes sorpresas de la presente edición del Mercosur fue, sin duda, Amar, del creador porteño Alejandro Catalán.

Las contradicciones del amor

En Amar, un verdadero prodigio teatral que conjuga ingenio, actuaciones deslumbrantes y un dispositivo escénico que no se parece a nada, donde todo el artificio del teatro queda a la vista y sin embargo la convención con el público permanece intacta, Alejandro Catalán atraviesa junto a sus actores un decálogo de situaciones ligadas con el amor y el fracaso.
Edgardo Castro, Ximena Banús, Natalia Di Cienzo, el rosarino Miguel Ángel Bosco, Federico Liss y Paula Manzone arman y desarman los entretelones de tres parejas en una noche frente al mar.
El artificio es funcional a un presente constante en el que los personajes van dejando entrever la trama de sus vínculos de pareja, en una construcción que del mismo modo que acerca la circularidad del cine de Bergman o del mejor Woody Allen abreva por pasajes en las bizarras instancias del más abigarrado melodrama.
Sólo unas linternas que apelan a los primeros planos manejadas por los mismos actores y unos tubos hechos con botellas de plástico descartables que asemejan palos de agua y con los que reproducen la inconfundible sonoridad del mar, son suficientes para codificar situaciones propias
de una noche en la que el calor, la música estridente y los tragos portentosos serán el puente para que las verdades más dolorosas, los rencores más funestos, la envidias más inconfesables y los deseos más ocultos salgan a la luz, en lo que el director define como “el derrotero de una noche intensa y descarriada”.
“En esta obra continúo profundizando la problemática en torno a la que constituí mis proyectos anteriores: el imaginario actoral. Esta profundización implica dos aspectos; uno es el desalojo de referencias totalizadoras, centralizantes o preestructurantes que identifico en la práctica escénica
habitual y descubro escondida en mis trabajos anteriores. El otro aspecto fue, consecuentemente,
el compromiso con una mayor apertura e indeterminación en el proceso de búsqueda a realizar con los actores, abordando a la actuación como un juego mágico y radical”, sostiene Catalán.

Ilustres visitantes

De las últimas jornadas, y dentro del apartado internacional, se destacaron puestas tales como Odisea, versión del clásico de Teatro de los Andes de Bolivia, con dirección de Cesar Brié (aunque éste ya no pertenezca a la compañía); la chilena Diciembre, del grupo Teatro en el Blanco, bajo la
dirección de Guillermo Calderón, y la española André y Dorine, del grupo Kulunka Teatro.
Con el extraordinario trabajo de José Dault, Garbiñe Insausti y Edu Cárcamo, bajo la dirección de Iñaki Rikarte, André y Dorine, que llegó del País Vasco, retrata con singular intensidad y sin palabras la vida de una pareja de ancianos que se ve atravesada por la enfermedad de Alzheimer, en un relato dramático en el que se ponen en jaque los efectos de la memoria, la pérdida de la identidad y el paso del tiempo como ejes estructurantes de un trabajo profundo y conmovedor.
En una casa, dos ancianos, frente a la pérdida de aquello que se tuvo siempre, buscarán reconstruir desde lo posible y como en una película en sepia, los momentos que marcaron el encuentro, el amor, las grandes pasiones de ambos: André por la escritura y Dorine por la música.
Casi al mismo tiempo que Dorine no encontrará la manera de hacer sonar su violonchelo como antes, André buscará, tras el enojo que le causa el dolor, la manera de rearmar su forma de vincularse con alguien que ya no lo reconoce.
Con el recuerdo aún presente de la extraordinaria Lejos de ella, película rodada por la canadiense Sarah Polley sobre la misma temática (protagonizada por una inolvidable Julie Christie), el equipo partió, sin embargo, de la historia del vínculo que unió al filósofo francés André Gorz con su esposa Dorine, a la que le escribió una carta cuando descubrió que estaba enferma, aunque no de Alzheimer.
Así, sólo tres actores componen una docena de personajes, a través de los cuales juegan a recrear una especie de retablo en el que como títeres mudos a escala humana (utilizan máscaras) transitan una historia que, según aclaran, se revela como “un viaje a través del recuerdo; recordar quiénes han sido para no olvidar quiénes son”.